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Un robot polilla crece sensores con su propia sangre artificial

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Los robots suelen salir de fábrica con todos los sensores que tendrán en su vida útil. Un equipo de la Universidad de Tartu (Estonia) y del Istituto Italiano di Tecnologia (IIT) acaba de demostrar una idea distinta: un robot con forma de polilla que crece un sensor nuevo usando químicos de su propia “sangre” artificial cuando lo ilumina luz ultravioleta.

El estudio, titulado Receptogenesis in a Vascularized Robotic Embodiment y publicado en Advanced Science, muestra por primera vez una forma de adaptación física en la que el cuerpo del robot no solo se mueve o se reprograma: cambia su material para ganar una capacidad que no tenía al salir del laboratorio.

Cómo “crece” un sensor en el ala

El cuerpo se imprime en 3D con plástico transparente (PETG) y está surcado por venas milimétricas. Una bomba circula unos 3 mililitros de líquido —una hemocirculación artificial inspirada en insectos— que se filtra unas 10 micras (una centésima de milímetro) en el plástico.

Ese fluido lleva pirrol, un iniciador activado por luz y un aditivo de celulosa. Cuando la luz UV cae sobre una zona durante cerca de un minuto, el pirrol se polimeriza y se convierte en polipirrol, un plástico eléctricamente conductor. La zona iluminada se vuelve negra. Con una plantilla, el equipo controló la forma del sensor con precisión de unos 0,3 milímetros.

Hilos de oro, embebidos al imprimir el cuerpo, captan el cambio eléctrico. El robot no fabrica el cableado: fabrica el material sensible. Después, cada vez que la UV golpea ese parche, su resistencia eléctrica baja un instante. Un microcontrolador a bordo responde parpadeando un LED o batiendo las alas.

«Claro que puedes usar un fotodiodo listo, pero tendrías que saber con bastante precisión dónde ponerlo», explicó Kadri-Ann Pankratov, autora principal y doctoranda en Tartu. «Crecer el receptor in situ permite que el entorno mismo modele al robot según lo que ocurre en ese momento».

Qué logra hoy… y qué aún no

El sensor siguió funcionando tras más de cuatro meses guardado y se volvió más sensible con cada exposición, porque el pirrol residual seguía reaccionando. Tras cada destello UV tarda unos cinco minutos en estabilizarse.

El prototipo, sin embargo, está lejos del mundo real. No vuela. Las alas se flexionan con un alambre de nitinol (aleación con memoria de forma) calentado por una fuente externa. Alimentarlas con baterías sería viable, pero el equipo apunta más lejos: usar energía almacenada en la propia sangre. Ya hicieron pruebas iniciales para alimentar el microprocesador con reactivos del fluido.

También hay límites de diseño: fueron los investigadores, no el robot, quienes decidieron cuándo llenar las venas y, con la plantilla, dónde nacería el sensor. La reacción no se puede deshacer. El verdadero tope, según Pankratov, no es cuántos sensores puede crecer, sino cuánto de su cuerpo pueden alcanzar el fluido y la luz.

De la circulación artificial a robots que se adaptan

La idea conecta con una línea más amplia de robots “vivos” en material. En 2022, Cornell mostró un robot blando que detectaba daño y se curaba; el FiloBot del IIT imprime su propio cuerpo mientras trepa; en 2025, Cornell exploró sangre robótica que también almacena energía. La polilla de Tartu usa la circulación para añadir una función que nunca tuvo.

Las mismas venas podrían transportar otras químicas, incluso reversibles. «El beneficio de un sistema circulatorio a bordo es que se puede vaciar y reutilizar con la misma mezcla o con otra distinta», señaló Pankratov. Su horizonte a diez años: que la sangre artificial y la circulación sean una opción obvia en ciertas aplicaciones.

Por qué importa

Software puede cambiar cómo un robot usa su hardware, pero no puede inventar un sensor que no está. En entornos impredecibles —edificios colapsados, exploración planetaria, inspección industrial— nadie sabe de antemano qué habrá que medir. Un cuerpo capaz de fabricar receptores donde el entorno “escribe” con luz o con otras señales abre una vía hacia robots que se especializan sobre la marcha.

Es ciencia de materiales aplicada a la robótica: no solo control y algoritmos, sino crecimiento funcional.

Qué significa para América Latina

La región tiene una comunidad fuerte de makers, laboratorios universitarios de robótica blanda y centros de manufactura aditiva en México, Brasil, Chile y Argentina. Un robot que combina impresión 3D, microfluídica y química conductora es un puente natural entre esas disciplinas.

Para la industria local —minería, agricultura de precisión, respuesta a desastres— sensores fabricados in situ podrían, a largo plazo, reducir la necesidad de llevar catálogos completos de hardware a campo. Mientras tanto, el valor inmediato está en la formación interdisciplinaria: estudiantes que mezclen electrónica, polímeros y control tendrán más herramientas para innovar con recursos limitados.

Conclusión

La polilla robótica de Tartu e IIT no revoluciona las calles mañana, pero deja una imagen poderosa: un cuerpo con venas, una gota de química y un minuto de luz UV bastan para que nazca un sentido nuevo. Si la circulación artificial madura, los robots del futuro no solo se programarán: también podrán, en cierto modo, crecer.

Puedes leer la cobertura en New Atlas: Robot moth grows new sensor using its own blood. El artículo científico es Receptogenesis in a Vascularized Robotic Embodiment (Advanced Science, DOI: 10.1002/advs.76999).

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Angel Sanchez
Angel Sanchezhttps://www.azulweb.net
Fundador de Azul Web amante de la tecnología, me gusta compartir mis conocimientos y apoyar a las demás personas que desean tener un mejor desarrollo profesional. Toda persona que tenga un sueño y este luchando por él tiene mi respeto y mi apoyo.
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